¿Tienes cinco duros? La época dorada de los salones recreativos y arcades
04 de marzo de 2013 | 11:27 CET
Compras in-app, modo cooperativo, multijugador, el botón share de la
PS4 para mostrar tus habilidades en las redes sociales… Qué nuevo
parece todo eso, “son modas”, dicen algunos jugadores, “eso no es
jugar”, “pagar por poder avanzar, ¿quién va a quererlo?“…
Todo esto ya ha pasado y volverá a pasar. En el principio, los
videojuegos fueran multijugador, nos hacían tragar con
microtransacciones y tenían todo tipo de trofeos y retos. Los más de 20
años de hegemonía absoluta de las consolas puede que hayan borrado
aquello, pero hasta casi finales de los 90 un par de generaciones de
jugadores se criaron con los arcades… o, como les llamamos en España,
los recreativos.
La hegemonía de la moneda de cinco duros
Para muchos de los que fuimos niños y/o adolescentes en los 80 y nos
pasamos en ellos horas y horas, los recreativos forman parte de una
especie de Arcadia, un lugar de poderosas connotaciones con el que los
poetas de hoy en día podrían hacer una especie de
Beatus Ille de la era gamer.
Sin embargo, la realidad era mucho menos poética y pulcra. Quizás no
tanto en las grandes salas recreativas, aquellas que estaban en los
centros neurálgicos de las ciudades y que siempre tenían las últimas
máquinas, los modelos más recientes y disponían de espacio amplio para
los jugadores (a veces, compartiéndolo con las tragaperras). En las
grandes ciudades incluso compartían espacio con boleras. Pero
el recreativo de barrio era mucho más mundano.
La estructura típica de éste era la de un local bastante desnudo de
decoración, con poca luz artificial (supuestamente, así podías
concentrarte mejor en la pantalla) y con las dos paredes laterales
llenas de máquinas en hilera. Tenía generalmente cerca de la puerta el
lugar del encargado, donde también cambiábamos las monedas y los
billetes por la hegemónica de cinco duros con la que jugábamos en casi
todos los juegos.
Al fondo es donde
solían colocarse los casi indispensables futbolines,
lo que provocaba numerosos paseos del encargado cuando alguien volcaba
uno de ellos para sacar la bola, y los menos comunes billares. Pinballs
(petacos, como se conocían por aquí) y, si el local era de semi-qualité,
una jukebox eran complementos de esos lugares espartanos donde lo único
que importaba era meter cuantas más máquinas mejor en el poco espacio
disponible.
No, no eran como pintaríamos la Arcadia, pero eran lugares donde un niño podía ser muy feliz, por más que recuerde
sus paredes desconchadas, sus gritos y sus macarras (más
sobre esto luego). Había hasta humo, algo impensable teniendo en cuenta
que eran lugares infantiles/juveniles y que hoy ya se ha eliminado de
cualquier bar.
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